
Sí, me he cambiado de departamento; esta es una de las grandes noticias que me han pasado en este último tiempo.


Llevábamos algo más de dos semanas de tensa espera. Quienes miramos esta tragedia de lejos, cómodamente instalados en nuestros televisores, cada ciertas horas recordábamos que en una mina perdida en el norte, había 33 mineros metidos debajo de piedras y más piedras, de los cuales no se sabía absolutamente nada. Y nos daba pena. Algo raro. Sentíamos angustia. Pero lejos.
Quienes trabajamos en el periodismo ligado al fútbol, sentíamos aún más fuerte el tema porque un ex futbolista –Franklin Lobos- estaba metido allí. Había quizás algo más de complicidad cuando recordábamos al clásico volante ofensivo ochenteno pateando tiros libres y humillando arqueros. Medias abajo y sin canilleras.
Pero pasaban los días y la lógica decía que las posibilidades de encontrarlos con vida eran bastante escasas. Y ahí es imposible llegar a sospechar lo que sentían las familias. Uno puede tratar de ponerse en el lugar de ellos, pero hacerlo de verdad es jodido. Casi imposible. Y pasaban las horas, los días y los enviados especiales despachaban y despachaban y ni luces.
De hecho, hasta la mañana de hoy domingo, casi nadie creía eso posible. Hasta que llegó el papel y la frase que será recordada en la historia de Chile como uno de los grandes hitos para poner la piel de gallina y todo eso que hace sentirnos parte de algo.
Chile explotó en júbilo, la gente paró de almorzar, e incluso muchos empezaron a recordar que tienen antepasados mineros o dueños de minas, o que al menos tenían tíos que vivían cerca de Atacama. Plaza Italia se llenó, todos saltaban, nos emocionamos hasta decir basta y nos sentimos más chilenos. Igual que en el terremoto, que en la Teletón o cuando el Mapocho se desbordó en 1982.
¿Era necesaria esta tragedia para aprender cosas tan básicas? De todas las tragedias y los golpes de la vida hay que sacar las enseñanzas, pero no sólo de los que nos tocan a nosotros en forma personal. Para aprender no es necesario el dolor.
Entonces aprendamos. Después de salir a Plaza Italia, festejar, emocionarnos y pegarnos en el pecho, sería bueno que pongamos en la práctica tanta comprensión y complicidad emocional con gente que a esta hora lo pasa mal.
Y eso se resume, por ejemplo, que mañana alguien no le pegue un bocinazo a un tipo que va en un triciclo lleno de cartones porque nos tapa parte de la calle, que cuando veamos un obrero parado al lado nuestro en el micro no nos hagamos los dormidos y no le demos el asiento, que el pobre no necesariamente es un roto, el empresario no necesariamente es un ladrón, que más allá de las respuestas pauteadas quien nos responde en un call center no es el responsable de las malas prácticas de una empresa y si usted sale atrasado no es culpa del chofer. Si le pasa eso, diga 33.
¿Es necesario embanderarnos para sentirnos cerca de ellos? ¿Hay que salir a la calle con la cara pintada para demostrar la emoción de sentirnos más cómplices con quienes sufren?
Además de esto, es bueno ponernos fríos al final de este hermoso domingo. No hay héroes ni heroínas por más que muchos en este momento quieran parecerlo. Ni el Presidente, ni el ministro, ni el subsecretario, ni los parlamentarios de la zona, ni los periodistas, ni las familias, ni siquiera los mineros. La única verdad es la fortaleza de un grupo de seres humanos que al final del día, son el último eslabón de una cadena infame y por la que alguien va a tener que pagar, en un país que más allá de la felicidad que nos embarga a los 17 millones, nadie paga, salvo Moya.
Hoy estamos felices, pero ojo, porque quizás otros 33 bajo una mina, no tengan el mismo resultado.
Palabras al cierre, con la última enseñanza. Acaba de decir un familiar que unos mineros habrían dicho que les tiraran unas cervezas para abajo. ¿De qué se va a quejar usted mañana? Cuando vaya a hacerlo, diga 33.
- Este Articulo fue publicado el Domingo, Agosto 22nd, 2010 a las 21:37 bajo la categoria de General . Usted Puede Dejar un comentario, o hacer trackback desde tu sitio.
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Hace unos 20 días atrás mi padre, en una conversación por MSN, medio extrañado me preguntó si me había enterado de la noticia de los mineros, como en toda la conversación no le comenté nada, le extrañó; yo ya había escuchado algo, pero la verdad que no le di la importancia, es más no me identifiqué para nada con esas personas ni con sus familiares ni nadie, llegué a pensar que sería otra desgracia más para el pueblo chileno, como La Tragedia de Antuco, que pasaría al historia sin mucha memoria.
Pero la vida quiere otra cosa y el coraje de esos 33 hombres que se aferraron a la vida, hacen que hoy aprenda de ellos y cada vez que algo no ande bien, calmarme buscar los medios para superar las circunstancias y decir 33.
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Estos días me han hecho estar muy conectado con mi país.
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